viernes, 4 de diciembre de 2015

La Misericordia se ha hecho carne

El amor, ternura y misericordia de Dios se han manifestado en Cristo, su Hijo amado, hecho carne por nosotros. En Él, Dios ha salido a nuestro encuentro: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo" (Ef 2,4-5). Podríamos decir que la misericordia de Dios se ha manifestado en la carne; ha adquirido rostro y corazón humanos: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). En Cristo se realiza una Alianza definitiva, nueva y eterna. Una vez más, la misericordia se expresa en una Alianza, esta vez realizada en el Misterio Pascual de Cristo. Él entrega su vida como acto de suprema misericordia para que nosotros vivamos por Él, con Él y en Él. El perdón de los pecados, expresión máxima de misericordia, restablece la Alianza de quien es siempre fiel.

En Jesús aparece la misericordia de Dios en modo humano. Sus gestos y acciones, sus actitudes y sentimientos son capaces de sintonizar con todos los sufrimientos, abismos y soledades del ser humano. Es una forma humanada de la misericordia divina que suscita en nosotros sentimientos y actitudes de admiración, agradecimiento, confianza y alabanza. La carta a los Hebreos lo expresa de un modo conmovedor: “Nosotros no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno”.

Es sorprendente ver el modo en que la ternura de Dios se acerca, en Cristo, a todo sufrimiento humano: Su encuentro con los pecadores, los enfermos, los leprosos, los pobres, los desahuciados, los que no conocen la misericordia, los desesperanzados, los condenados, los moribundos... También nosotros hemos sido alcanzados por esta misericordia, cuya expresión suprema es su pasión y cruz. Como afirma San Alfonso María de Ligorio: "No conviene a una Misericordia tan grande como la vuestra olvidarse de una tan grande miseria como la nuestra". Más allá del desprecio y rechazo del ser humano, la misericordia del Señor siempre aguarda, siempre espera, tiende la mano y atrae hacia sí: "Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros… Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida" (Rom 5, 8.10).