martes, 12 de junio de 2012

Por amor a la Eucaristía

Unos meses antes de su muerte, el Obispo Fulton John Sheen fue entrevistado por la televisión nacional:
- Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo. ¿Quién lo inspiró a usted? ¿Fue acaso un Papa, una monja, un...?

El Obispo Sheen respondió: Fue una niña china de once años de edad.
Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la iglesia. El sacerdote observó aterrado, desde su ventana, como los comunistas penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio, profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al piso, esparciendo las hostias consagradas. Cuando los comunistas se retiraron, tal vez, no se dieron cuenta o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vio todo lo sucedido. Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró en el templo. Allí, hizo una hora santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio. Después de su hora santa, se adentró al santuario, se arrodilló e, inclinándose hacia adelante, con su lengua, recibió a Jesús en la Sagrada Comunión (en aquel tiempo, no se permitía tocar la eucaristía con las manos).


La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última hostia, accidentalmente efectuó un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.

Este acto de martirio fue presenciado por el sacerdote, mientras, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda.

Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, se inspiró a tal punto que prometió a Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días. Si aquella pequeñita pudo dar testimonio con su vida de la real y hermosa presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces, el obispo se veía obligado a lo mismo. La pequeña le enseñó al Obispo el verdadero valor y celo que se debe tener por la eucaristía; cómo la fe puede sobreponerse a todo miedo y cómo el verdadero amor a Jesús en la eucaristía debe trascender a la vida misma.

Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente sobrenatural de toda gracia y amor.