martes, 10 de abril de 2012

¡Resucitó!

Se puede creer o no creer, pero no creer dormidos. Me gustaría que todos, nos aprendiéramos esta frase. Porque probablemente el gran drama de la fe en nuestro siglo no son los que la han perdido, sino todos aquellos que dicen que tienen fe, pero no saben en realidad qué es lo que tienen, y viven, de hecho, como si no la tuvieran.

Incluso son muchos los cristianos que cada domingo recitan en las iglesias el Credo, pero lo hacen como cuando de niños recitábamos la lista de los reyes godos o la de los ríos de España.

Repasemos juntos las palabras del Credo, para preguntarnos cómo han llegado hasta nosotros, qué significan realmente y, sobre todo, a qué nos comprometen. Subrayo esto último porque quizá el mayor de los disparates que puedan decirse es ése tan corriente ahora de los que proclaman como algo normal y casi como un orgullo que ellos creen, pero no practican, que es algo así como decir «yo vivo pero no respiro» o «yo veo, pero tengo siempre cerrados los ojos».

También están, claro, los que dicen que ellos «creen y practican» queriendo únicamente decir que ellos «van a Misa».
Pero sin descubrir que «practicar la fe» es más, mucho más que ir a las iglesias media hora los domingos.
Efectivamente, amigos, creer no es, ni puede ser, saberse de carretilla una serie de fórmulas de fe y seguir viviendo como si esas fórmulas no significasen nada. La fe no es una cosa que se acepta, sino un estilo de vida que se vive.

Los creyentes no son los que aceptan teóricamente veinticinco dogmas, sino los que viven en consonancia con esos dogmas que dicen creer. La fe no es algo que se tiene, como se tiene un reloj en la pulsera o un televisor en el salón de la casa. La fe es algo que se es. Y por eso no deberíamos, en realidad, decir yo «tengo fe» -como podríamos decir: yo tengo un traje gris-, sino decir: yo soy creyente, como decimos, yo soy hombre, o yo soy hijo de mis padres, algo tan sustancial con nosotros mismos que no podríamos perder sin dejar de ser lo que somos.

La fe, lógicamente, tiene que tener consecuencias.