jueves, 1 de diciembre de 2011

Adviento-Navidad: Descubrir la Esperanza


El corazón del mundo y de los hombres y mujeres del mundo tiene una pregunta de sospecha: no entienden dónde vamos, no entienden cómo somos manejados, no entienden el sinsentido que parece dirigir los pasos de la humanidad hacia el fracaso. Hay mucho dolor. Hay muchas lágrimas. Hay muchas cadenas. Hay muchas trampas tendidas. Hay mucha maquinación a nuestro lado. Unos insensatos quieren ganar y tener más sin preocuparles nada ni nadie. Ya no sabemos si lo que comemos y bebemos es alimento para la vida o alimento para la muerte, para el cáncer. La manipulación tiene mil tentáculos bien disimulados. Sospechamos que el que puede nos engaña... ¿Será todo tan gris, tan triste?

En los surcos de la humanidad hay sembradas semillas de esperanza que hombres y mujeres van desenterrando contra toda desesperanza. El final no es la noche. El final es el día. Profetas son aquellos que ven en la noche, aquellos que, como Isaías ocho siglos antes de Cristo, en tiempos de decadencia espiritual, alerta al pueblo y levanta su esperanza. Profeta es aquel hombre o mujer que camina a nuestro lado viendo luces donde los demás no ven nada más que sombras o silencio vacío. Las profecías se cumplen. Dios no nos ha olvidado. Dios hará brotar de la tierra que parece un erial el Árbol de la Vida. Vivir de esperanza no es un vano vivir sino la única forma razonable de afrontar el vivir con un futuro cierto. La Palabra de Dios sigue creando bondad. Como en los días iniciales de la creación, Dios mira la obra de sus manos y «ve que todo era bueno». De noche, surgió del fondo del corazón la cizaña y cayó sobre el trigo sembrado...

Pero la Vida no está ni comida ni ahogada para siempre por la cizaña. Por mucho que se lo crean los ojos que no saben mirar más allá de la espesura de lo inmediato. De noche, y en la noche, brillará la misericordia del Señor para todos en el recién nacido.

«El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor» (Lam 3, 25-27)