domingo, 1 de mayo de 2011

La Resurrección del Señor nos revela a un Dios de Vida


Jesús había despertado expectativas, pero acabó en el fracaso más rotundo. ¿Pero, qué pasó en la madrugada del día siguiente al sábado para que aquel grupo proletario de discípulos que le seguía, y que quedaron hundidos tras el trauma del Viernes Santo, perdieran tan pronto el miedo y, llenos de fortaleza, desarrollaran una fuerza tan irradiante que ha llegado hasta nosotros? ¿Lo explicaría todo una ilusión colectiva o intereses personales inconfesados?

No es eso lo que manifiestan los evangelios, escritos ciertamente bajo la frescura de la experiencia misma de los testigos. El viernes, las mujeres no habían podido ungir el cadáver, según la costumbre judía, porque se les echó encima el rígido descanso sabático que se iniciaba en la víspera. Cuando el domingo madrugan para ir al sepulcro, no van pensando en la resurrección, sino en si encontrarían alguien que les ayudara a descorrer la piedra colocada a la entrada del sepulcro. Y cuando ven la piedra corrida y la tumba vacía lo primero que piensan es que alguien habría robado el cuerpo: "Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto y yo lo tomaré" dice María Magdalena al que supone el hortelano. Y, después de mostrárseles Jesús y de correr a anunciarlo a los discípulos, éstos no les dieron demasiado crédito, pensando tal vez, machistas ellos, en delirios femeninos: Algunas mujeres fueron al sepulcro muy de mañana y volvieron hablando de apariciones, pero lo cierto es que fueron algunos de los nuestros y a Él no lo vieron., comentaban cariacontecidos los dos que se marchaban a Emaús. Pero uno tras otro fueron rindiéndose a la evidencia.

Hasta Tomás el Mellizo, que se negaba a creer si no metía sus dedos en la llaga abierta en el costado de Jesús. Y uno tras otro acabaron rubricando con su propia sangre su propio testimonio: que el Crucificado había resucitado.

La resurrección nos revela a un Dios capaz de poner vida donde los hombres siembran muerte. Dios aparece como reconciliador. Mientras Jesús moría Dios estaba reconciliando al mundo consigo, dirá Pablo. Aparece Dios como futuro de todo hombre que ama. Amar -dirá Juan- es estar pasando ya de la muerte a la vida.

Dios aparece como la más radical protesta contra el mal y la injusticia, que ya no tendrán la última palabra.