martes, 1 de febrero de 2011

El pecado del mundo


Nada que ver el pecado del mundo con ese mundo de “pecaditos” que nos hemos ido creando para disimular nuestra responsabilidad y justificar una falsa tranquilidad de conciencia.

El pecado del mundo, consecuencia de las estructuras de pecado que han ido haciendo callo en nuestra sociedad y cultura, apunta directamente, según la doctrina social de la Iglesia, expresamente reflejada en la encíclica de Juan Pablo II (“Preocupación por la cuestión social”, nn. 35-37), a todas las injusticias, explotaciones, especulación, falta de escrúpulos, egoísmo, ambición, razones pseudos económicas, etc. que dan como resultado la pobreza en el mundo, es decir, la situación inhumana e insostenible de una tercera parte de la hu­manidad que a duras penas puede sobrevivir y que muere de hambre a diario delante de nuestros ojos, que se niegan a verlo, y de nuestros medios de información que callan cobardemente, por aquello de que o no es noticia, o no vende.

El término pecado es, ciertamente, una expresión religiosa, pero la realidad que denuncia es incalificable para todos, creyentes o no, porque es la triste situación de millones de seres humanos.

Es terrible comprobar que cada día mueren de hambre más de diez mil niños. Y más terrible todavía enterarse de que cada día se gastan cuatro mil millones de dólares en armas para matar en vez de en medios para vivir. Resultan insoportables las escenas de miseria en muchas partes del mundo, pero más insoportable deberían resultarnos, con el pretexto del bienestar, las escenas de lujo y derroche tan frecuentes en nuestro mundo. Por eso hay que cambiar, y erradicar la pobreza, el gran pecado del mundo, del nuestro, el de todos.

No podemos seguir considerando que el pecado sea solo cosa de la religión, que también lo es. Ni podemos seguir manteniendo unas peregrinas ideas sobre el pecado, como si se tratase de faltas estrictamente personales, sin resonancia social. Porque no podemos eludir nuestra complicidad en el pecado del mundo, como dice Juan Pablo II, hablando de las estructuras de pecado.

Luis Betés