viernes, 3 de diciembre de 2010

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

El próximo miércoles, 8 de diciembre, celebraremos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María con una Eucaristía a las 10,00 h. en la Iglesia de Ntro. Padre Jesús Nazareno y a las 12,00 h. en la Iglesia Parroquial de Ntra. Señora de la O.

Previamente, el martes día 7 celebraremos la Misa de Vísperas a las 19,30 h. en la Parroquia.

Apuntes históricos y litúrgicos sobre la Inmaculada Concepción
Los primeros indicios de esta fiesta hay que buscarlos en Oriente durante los siglos VII u VIII. En Occidente aparece en la Italia meridional, en la región habitada por los bizantinos. La celebración tardó en difundirse, a causa principalmente de la lenta penetración de la teología en este misterio mariano de la preservación de María de toda mancha de pecado original. En Roma entró en el calendario litúrgico en 1476. La fecha elegida está en relación con el 8 de septiembre, la fiesta de la Natividad de la Virgen, más antigua. Entre la Inmaculada Concepción y la Natividad se da, por tanto la misma dependencia que entre la Anunciación del Señor y la Navidad.

La Concepción Inmaculada de María fue solemnemente declarada como verdad de fe definida por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Veinticinco años después, el Papa León XIII elevó la fiesta a la máxima categoría litúrgica.

El misterio de la Concepción Inmaculada de María por un singular privilegio, en previsión de los méritos de Cristo, nos lleva a todos los bautizados a contemplar el amor de Dios Padre, siempre dispuesto a extender a todos los hombres las maravillas de la salvación. María, preservada de todo pecado, para constituir una digna morada para el Hijo de Dios es la representación más fiel y plena de la Iglesia.

La Solemnidad de la Inmaculada, al caer dentro del tiempo de Adviento, se convierte en un motivo de esperanza para toda la Iglesia cuando se prepara para recibir al que viene a bendecirnos con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Y en efecto, María, llena de gracia, como la llama el Ángel Gabriel, nos recuerda que Dios también nos eligió a nosotros en la persona de Cristo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor.